Agradecemos infinitamente que Yaiza lleve siempre su cámara encima. Gracias a ella tenemos recuerdos de absolutamente todo. El problema viene cuando llega cierto punto de la noche.
En ese momento, Yaiza entra en modo automático: hace fotos sin mirar, sin encuadrar y sin preocuparse por quién sale. Resultado: frentes, cuellos, desconocidos, sombras, paredes… de todo menos a nosotras.
No sabremos exactamente qué pasó en la noche, pero sí sabemos que lo pasamos bien. Porque si las fotos son un caos, la fiesta lo fue más.


